49 La ciudad y sus personajes en Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa

por María Espinoza

Conversación en la catedral (1969), la tercera obra de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, tiene como marco escénico una parte del Perú que el escritor conoce bien, la ciudad de Lima. Originalmente publicada en dos volúmenes, esta novela constituye una de las obras más ambiciosas, complejas e importantes de la trayectoria literaria del escritor. Como La ciudad y los perros (1962) y La casa verde (1965), pero en una escala más amplia, Conversación en la catedral representa un drama humano de valores en conflicto con el que los lectores nos sentimos plenamente identificados ya sea por razones de orden político, emotivo, social, o filosófico.

Ambientada en el clima coercitivo de la dictadura de Manuel Odría, el llamado “Onchenio” (1948-1956), la novela representa un mural en movimiento en donde todos y cada uno de los sectores sociales de la urbe limeña toman su lugar según la ley del más fuerte. Los políticos, los estudiantes universitarios, los oligarcas, los policías, empresarios, el ofendido lumpen mestizo, el prepotente oligarca criollo, los lacayos del dictador, los falsos agitadores sociales, los sicarios despiadados, los criados, los ministros, los militares, los obreros, las prostitutas ligadas a los más poderosos, los artistas frívolos, y muchos otros personajes citadinos representan los niveles de diferenciación de la degradación racial, social, económica y política de la sociedad limeña y —en una acepción más amplia— de la sociedad latinoamericana. Y aunque la acción se desarrolla principalmente en la capital, el espacio social en la novela es amplio: la universidad, la vida nocturna, Pucallpa, Arequipa, Cuzco, Ica, Trujillo, etc., son algunos de los espacios por donde pululan los más de ciento veinte personajes. Vargas Llosa crea así una producción literaria en la que adscribe la pluralidad de voces, la polifonía coexistente de las ciudades y ambientes que lo rodean. Un entretejido de mundos y submundos que se enfrentan, convergen y conviven. Este aspecto monumental y, a su vez, totalizante de la novela deja sin aliento incluso al propio escritor quien en una entrevista afirma que “ninguna otra novela le ha dado tanto trabajo; por eso, si tuviera que salvar del fuego a una sola de las que [ha] escrito, salvaría ésta”.

La acción se desarrolla alrededor de un encuentro casual entre Santiago Zavala, un joven estudiante de la clase media alta limeña que juega a hacerse comunista, y Ambrosio, antiguo chofer del padre del joven. Un bar nauseabundo del centro de Lima se suma al entorno pernicioso descrito en la historia. Escape vacío o quizá refugio del sentimiento de desilusión y frustración que abruma a ambos personajes, el bar representa, en una mayor escala, la decadencia moral por la que atraviesa el Perú a mediados del siglo XX. En este espacio degradado, zona de frontera entre sistemas, el “niño bien” y el zambo del sur, dos caras de una misma realidad histórica, se encuentran unidos por las mismas circunstancias y destino. En sus diferencias de estrato social, comportamientos, ambiciones y carencias constatamos el gran contraste de una sociedad que eternamente aguarda algo que esperamos llegue algún día: justicia social. Las cuatro horas de conversación conformada por —discursos intercalados, historias cortas insertas, melodías musicales, reflexiones, voces, tiempos, argumentos, tradiciones, escenas dramáticas, recuerdos, etc.— intensifican con frescura la multiplicidad discursiva en la novela. La pregunta que subyace a lo largo de la conversación: “¿En qué momento se jodió el Perú?” nos permite reflexionar sobre la necesidad del cambio.

En las páginas de la novela, el periodismo —disciplina asociada con el desarrollo social y construcción de imaginarios de ciudad y ciudadanía— aparece como una de las actividades intelectuales más improductivas, decepcionantes y absurdas; empero, su mismo infortunio es catártico y expone la corrupción de los sistemas hegemónicos en el Perú. Así, en el imaginario de la novela, el periodismo se convierte en una suerte de imitación burlesca de la licencia revulsoria de la creación literaria. Al hacer de su personaje de ficción un periodista o —al menos “un cacógrafo” suscrito en los márgenes de la “ciudad letrada”— Vargas Llosa procura explicarnos a los lectores y a sí mismo cómo el oficio de escritor no apacigua la nostalgia por la acción, la incertidumbre, el “gusanito” que carcome por dentro a su personaje de ficción.

En términos generales, Vargas Llosa en Conversación en la catedral intenta recrear sin máscaras y, a la luz de su creciente experiencia artística, los diferentes rostros de la ciudad. En ella, todo está representado formando el marco adecuado a lo que más le preocupa destacar: el conglomerado humano. En este devenir, la novela se convierte en una obra escrita no solo “desde la ciudad”, sino también “acerca” de la ciudad.

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