53 El arte de Pedro Vizcaíno

por Marilyn Zeitlin

Ganguero entrando en la banda de Fotones por Pedro Vizcaíno

El arte de Pedro Vizcaíno le imprime vida a vehículos, armas, bombillas, estrellas…  Lo consigue fusionándolos con animales o seres humanos para generar lo que por momentos pueden ser figuraciones o artefactos divertidos  pero que en verdad pretenden ser reflejos estridentes y escabrosos de los retorcimientos del Poder. Sus dibujos muestran una indisimulada filiación con las tendencias del Art Brut, el action painting, el cartoon y el grafiti callejero. Sin embargo, es la experiencia tomada directamente de la circunstancia urbana lo que el artista canaliza para concretar su visión del mundo contemporáneo: un panorama desbocado y al borde del colapso.

El trabajo más temprano que le he visto a Vizcaíno –datado en 1998, poco después de que iniciara la serie que ha desarrollado continuamente desde entonces – incluía un vehículo motorizado con un trapeador a manera de cabellera y unos abultados genitales masculinos. Recuerdo que el control remoto apenas podía regularlo, hasta el punto de que el aparato salía disparado en torno a la habitación sin que representara peligro en sí, aunque no por eso dejaba de recrearlo. Algunas de las obras de este periodo inicial de su estancia en Miami, serían elaboradas utilizando como soporte el poliestireno que se emplea en los embalajes y cuya forma conservaba el bajo relieve de las piezas de una máquina,  trasladando la textura de los componentes mecanizados a la obra de arte. La elección de este material era, en cierto modo, obligado por la necesidad. Era el propicio en una etapa en que Vizcaíno contaba con escasos recursos, a la vez que representaba una opción estética orientada a reforzar el concepto de la obra.

Entre el discurso de Vizcaíno y su método se nota una perfecta afinidad: un vigoroso despliegue –por momentos, violento—de pura energía. Imágenes como de bombas que  estallan en trazos irregulares de resplandecientes colores. Pigmentos brillantes y acciones cargadas de tensión conforman el ámbito de una obra, que aderezada con sus taxis de conductores invisibles y armas en manos de pandilleros sin rostro, se deconstruyen en líneas que eclosionan con energía centrífuga. Por momentos, es solo el borde a escuadra de la superficie pictórica lo que establece el límite de control.

Taxi-Escorpión por Pedro Vizcaíno

Sus imágenes metamorfosean e hibridan  animal, ser humano y máquina para crear perturbadores cyborgs. Dicha transformación tiene su precedente histórico en los inicios del arte como incipiente registro visual, cuando el individuo intentaba ejercer el control sobre el mundo exterior o corporizar el miedo dentro de sí proveniente de las amenazas de ese entorno. En los anales remotos de la religión, la mitología y el arte de la imaginería hallamos transformaciones de objetos inanimados para insuflarle vida a criaturas, de un animal a otro y viceversa.  Los cazadores pintaban en las paredes del Paleolítico las cabezas de los animales que capturaban. Los bronces de la Dinastía Shang cimbreaban con mutaciones proteicas: de sus dragones brotan alas que llevan imágenes de tigre y colas que derivan en patrones de pura arquitectura. La máscara de gato de Perú se transmuta en serpientes simétricamente dispuestas. Todo el panteón tibetano está habitado por seres que pueden ser humanos,  animales o dioses. Las Hopi Kachinas son deidades que imitan o, según los Hopi, poseen a los participantes en las danzas ceremoniales, ya sea en forma humana o animal. Y estas Hopi Kachinas se han instrumentado como muñecas inanimadas que cumplen una función educativa, al instruir a las generaciones venideras sobre las experiencias vitales con tan solo su presencia en el hogar. Luis Jiménez, el conocido escultor de enormes piezas de fibra de vidrio policromada, logró representar una figura femenina en contacto sexual con un auto. Transformaciones así posibilitan al ser humano apropiarse, aunque sea sólo temporalmente, de las cualidades  de un animal o de las características de un objeto. Y los objetos asumen ciertas predisposiciones del comportamiento humano: la intencionalidad que puede involucrar malicia y las  motivaciones que pueden ser destructivas.

El ser humano no está lejos de su antepasado irracional, una condición que con frecuencia aflora mediante un comportamiento infantil o cuando el instinto animal rebasa ese delgado cascarón que es la racionalidad -donde se ha resguardado sociedad e individuo bajo una apariencia de control- para entonces convertirse en conducta criminal. Vizcaíno refleja, con su obra, el aspecto exterior de lo que es un conflicto interno. Los impulsos antagónicos entre razón e instinto están encapsulados en las figuras mitológicas del grifo, el centauro, o de Cat Woman.

El asalto al papel o al lienzo de Vizcaíno, crayón en mano,  se aproxima a la gestualidad de Karel Appel, el miembro de CoBrA que fuera el action painter por excelencia. Appel, también hibridaba la identidad animal con la humana y tampoco le amilanaba representar los espantos de su época. Vivió la Segunda Guerra Mundial en Europa y contempló de cerca los horrores de la confrontación, sobre todo en las vejaciones, las torturas y los genocidios cometidos por la barbarie nazi. Pero sus imágenes no responden a la historia sino a su visión personal. Vizcaíno, por su parte, resulta ser una especie de juglar para sus coetáneos, haciendo crónica a través de una pintura inteligente y de incuestionable poética, acerca de una contemporaneidad feroz, violenta y caótica.

Gang por Pedro Vizcaíno

En el 2009, Vizcaíno comienza a trabajar su serie de Gangueros. Las noticias procedentes de la frontera con México que  no fueron más que la vía para mostrarnos que la violencia estaba a la vuelta de la esquina, y que nosotros podíamos estar doblando en esa esquina; los pandilleros que controlaban el contrabando de drogas  y que sobrepasaban a la policía en poderío bélico, no solamente en México por cierto; el rol que juega Miami como puerto de entrada a los Estados Unidos de todo tipo de comercio ilegal que hace de la violencia una presencia palpable en sus calles; y el tráfico miamense, nutrido con algunos de los conductores más dementes provenientes de todas partes del planeta, deben haber inspirado – visual y auditivamente- las inquietudes socio-estéticas de Vizcaíno. De hecho, las obras de esta serie rechinan, chillan, gruñen, rugen, o se convierten en parodia.

En la impactante secuencia que Vizcaíno ha bautizado como Black Paintings (Pinturas Negras), se percibe el tributo al legado de Goya. Las oscuras imágenes de los animales entrañan algo de figura humana. La recurrente bombilla incandescente asociada con alguna criatura truculenta condensa la repercusión que provoca en el mundo de Vizcaíno la violencia de guerras de concepción más tecnológica. Ya precisamente con ese valor alegórico la bombilla había sido colocada por Picasso al centro del Guernica, la obra icono sobre la destrucción masiva de la ciudad vasca al norte de España. Y es sobre este tipo de violencia sofisticada –sea en nuestras calles, en la televisión, en Times Square, en Islamabad, o en nuestras ideas- sobre la que Vizcaíno se pronuncia.

El sonido es un elemento implícito en dichas obras. Nosotros, al final, lo concretaremos en nuestra mente con esa capacidad de ficción que ya revelara en su momento Marshall McLuhan, el conocido teórico de la comunicación. . El ruido subliminal corre como una banda sonora beligerante donde pugnan voces monótonas superponiéndose unas a otras, compitiendo con los comerciales y la música barata.

Algunos de sus trabajos son de gran formato, porque Vizcaíno está consciente de que la superficie pequeña no puede incluir todo y, porque además, le da pie al pleno intercambio con los Expresionistas Abstractos a quienes le une numerosas  ideas en común, logrando certeramente que nuestro campo visual se identifique de inmediato con el mundo interior del artista. Varias de estas obras gigantes constituyen también sus más logradas piezas. En ellas, el color se torna irresistible, con azules que nos atrapan y compensan el esfuerzo muscular de la ejecución. Su figuración hace historia en la ciencia ficción, comparándose con héroes y anti-héroes clásicos del género, tanto en escala titánica como en sentido apocalíptico.

Ganguero con su amigo Goya por Pedro Vizcaíno

Hasta las imágenes más inertes de Vizcaíno, sugieren movimiento. Las figuras que ocupan el centro de sus pinturas se enroscan cual resortes, generando tensión y una sensación de retracción inmanente. El artista utiliza la onomatopeya BANG! para enfatizar algunas de sus imágenes con una palabra que vincule la obra con la manera en que en la fantasía infantil se representa la fuerza y la energía. Con un Bang!,  una figura con cabeza de lagarto tratará de cazar a coletazos, insinuando con la acción una de estas explosiones. Mientras tanto,  la bombilla funcionará como un genital que pende. Estas recreaciones del imaginario evocan los dibujos animados o historietas donde se muestran las persecuciones entre personajes, saltando desde  precipicios para poder escapar. Las imágenes de Vizcaíno rememoran mis visiones de insomnio, viñetas que viajan desde el entretenimiento hasta llegar a irritar e, incluso, inspirar pavor.

Vizcaíno, de origen cubano, nació en La Habana en 1966. Fue uno de los ocho integrantes del renombrado colectivo Arte Calle, una de las excepcionales “guerrillas” de arte alternativo de los ochenta, la cual sobreviviría brevemente entre 1986 y 1988. Salió de Cuba en 1988, vía México, radicándose en Miami en 1992. No circunscribe su obra a contexto histórico o social determinado. Su cosecha no es solo talentosa, sino que puede calificarse como imprescindible. Sus piezas son testimonio de una globalización que no solo abarca a los mercados, sino también a la miseria y la violencia, y los monstruos pictóricos a los que apela dicen bastante de las tentaciones que la globalización también universaliza. En la superficie de sus obras, la codicia queda al desnudo entre  anatomías oEn Ganguero 6, diminutos iPOd y TV aparentan formar parte del centro dorsal de la criatura. Los mismos añaden sus antenas enlazando la figura a un insecto gigantesco a la manera de los sistemas de comunicación, simbolizando lo trivial, frívolo y contradictorio de la tecnología. Y aún más, la obsesión infantiloide hacia estos avances en el uso popular. Otra posible lectura de la imagen nos remite a un perfil de techo, es decir, al dorso de la bestia erizado de televisores, absorbiendo información proveniente del cielo. Dicha información –o su distorsión- inunda hogares y calles, retumba hacia fuera desde la radio de los autos al pasar y resuena en nuestra cabeza como una letanía que no cesa armas que defienden y amenazan simultáneamente. Taxis que corren frenéticamente y gángsters mostrando dientes que se deslizan armados en medio de la noche oscura sin que puedan ser asociados a un sitio específico. No hace falta. Ellos son parte de cualquier plaza en el mundo.

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