24 De visita en Barcelona

Tr © Jonathan Rose/Carlos Miguel Suarez Radillo

El hollín

ennegrece y envuelve

los edificios, los autobuses, el cemento.

El chorro de la ducha

arranca de los poros

lagos de barro,

como aquellos de la sangre derramada

en la Guerra Civil.

El profesor habla

de incendiarios y bomberos

y aconseja:

“Conservad siempre una pequeña

chispa del incendiario en vosotros.”

Me dicen que aquí ya no hablan castellano,

que hasta los rótulos de las calles

aparecen en catalán.

No, no es un dialecto,

es un idioma,

por demasiado tiempo reprimido;

y Barcelona fue la sede

de un orgulloso imperio,

cuyos brazos y dedos se extendían

hasta acariciar el tobillo de Italia;

y las voces femeninas resonaban

en las reuniones de los gremios cerca del puerto.

Los que dejan sus huellas en Las Ramblas

juzgan nudoso, extraño o magnífico

a Gaudí,

que interrumpe con sus imágenes,

como La Sagrada Familia,

cuyas espiras lanzan tirabuzones hacia el cielo.

Me confiesa mi amigo/periodista catalán:

“Hacen constantes reparaciones

y peticiones de donativos;

para terminar perdiendo su encanto.”

El zoológico todavía alardea

de poseer el único gorila albino en cautiverio;

me pregunto como logra conservar su abrigo limpio.

Los turistas merodean aquí,

pero sólo mientras aguardan

la continuación de su viaje a cualquier lugar.

Raramente se quedan.

Y yo estoy convencido

de que es por culpa

de su hollín.

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